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Publicado el: 09/11/2010
Ecuador: el golpe que se inventó correa para tapar su irresponsabilidad
“Fue un error haber ido al Regimiento, muchos dicen que fue irresponsabilidad, temeridad, probablemente. Ese es mi estilo y jamás me imaginé lo que iba a pasar”. Rafael Correa Presidente de Ecuador
La primera víctima del incidente vivido por el presidente de Ecuador, Rafael Correa, con un puñado de policías de baja gradación encolerizados por una iniciativa legislativa el pasado 30 de septiembre fue, como siempre suele suceder, la verdad. Ahora no fue una acción imprudente del mandatario ecuatoriano. No, fue un “intento de golpe de estado”. Y para aderezar el cuento, han metido a la CIA, a los Estados Unidos, a las transnacionales y toda una serie de ingredientes que buscan darle más sabor a la fábula.

El “golpe” fue un invento de Correa, claro. Hasta entonces, hasta que informó que era “un intento de golpe de Estado” de sectores vinculados, según Correa, al ex-presidente Lucio Gutiérrez, que por entonces andaba por Brasilia, observando las elecciones brasileñas, nadie ni sabía ni suponía que tal engendro se estuviera produciendo. Y Chávez, de inmediato, denunció que era un “golpe financiado por Estados Unidos”. El incidente no pasaba de una insubordinación policial, un amotinamiento, enfrentado de manera impropia y temeraria por el presidente ecuatoriano Rafael Correa. Pero había que dimensionar aquello y, sobre todo, aprovecharlo, armar una barahúnda y sacar beneficio político de una inconducta presidencial que arriesgó la estabilidad de su país por demasiada confianza en el poder encantatorio de su verborrea.

Y, de inmediato, la Matraca Canalla montada por la Inteligencia cubana, los epígonos de Chávez y los cándidos e ingenuos de siempre, montaron tremenda alharaca mediática denunciando un espantajo. ¿Se evaluaron los hechos previamente? ¿Para qué? Lo que importaba era el efecto mediático, disfrazar una conducta temeraria y estúpida frente a un disgusto de clases y alistados de la policía quiteña, sobre todo, y engañar olímpicamente al mundo. Y ahora que se despejan los retumbes retóricos y los enardecidos juramentos de apoyo, ¿qué queda? ¿Dónde está la verdad de los hechos?


LA CRONOLOGÍA DE LOS HECHOS

Todo arranca cuando unos 800 policías mayormente rasos y sargentos, y algunos tenientes, disgustados por una ley de servicios públicos que les elimina a los miembros de esa institución beneficios se declaran en huelga, abandonan las calles y en distintas ciudades actúan típicamente como una revuelta estudiantil: vociferan, queman gomas, tiran piedras y demandan que se revoque la medida que les afecta. La protesta no era contra el presidente Correa, era contra la Ley de Servicios Públicos y contra la jerarquía policial de la que ellos se sentían particularmente abusados “porque el mando no se ha preocupado por la tropa”, como afirmaban.

A eso de las 10:00 de la mañana el presidente de Ecuador, Rafael Correa, se aparece junto a su escolta presidencial y el ministro de Interior, Gustavo Jalkh, en el Regimiento Quito No. 1, luego de que el jefe de la policía, general Freddy Martínez, fracasara en desactivar la protesta, e intenta disuadir a los policías. Su propósito, según declaró, fue ir a explicarles a los policías los beneficios que la nueva ley traía para ellos.

Los ánimos se exacerban, se producen forcejeos, insultos. El ruido y la indisciplina hacen que el presidente ingrese a las instalaciones del Regimiento Quito y desde una ventana hable a los amotinados, que responden con gritos demandando la observación de la Ley y lanzando octavillas.

Correa, dramático, se afloja la corbata y los botones de la camisa, como Clark Kent, y grita los policías: “Señores, si quieren matar al presidente, aquí está: mátenme si les da la gana, mátenme si tienen valor, en vez de estar en la muchedumbre, cobardemente escondidos”, y declara frente a la prensa que va registrando los acontecimientos, que no cederá ante las protestas.
Al bajar y salir del edificio del Regimiento, los policías, irritados, empiezan a lanzar gases lacrimógenos, uno de los cuales cae próximo al presidente Correa, afectándole la respiración.

A las 12:00 mediodía, Correa y su escolta abandonan el cuartel policial de Quito en medio de la nube de gas. Correa tiene puesta una máscara antigás. Ingresa en el hospital de la policía quiteña, que queda frente al Regimiento Quito sobre una camilla, mostrando signos de asfixia por el gas.

A las 12:30 p.m. policías quiteños toman la sede del congreso ecuatoriano.

A las 12:35 p.m., desde el tercer piso del hospital policial, el presidente Rafael Correa “se da cuenta” de que es víctima de un “intento de golpe de Estado” fomentado por sectores opositores cercanos al ex-presidente ecuatoriano Lucio Gutiérrez, que visitaba Brasilia y no sabía, parece, que dirigía en esos mismos instantes un asonada policial contra Correa.

A las 1:45 p.m. el presidente Correa declara el Estado de Excepción y obliga a los medios a encadenarse a EcuadorTV para que el punto de vista que la población reciba sea únicamente el oficial.

A las 6:10 p.m. Correa declara que no va a dialogar con los policías amotinados.

A las 9:00 p.m. se produce un enfrentamiento a tiros entre policías que rodean el hospital policial en que Correa se encuentra y que han pasado el día enfrentándose a pedradas y bombazos con militantes de Alianza País, el partido de Correa, y tropas militares junto a un grupo de élite de la policía (los amotinados de la policía eran una minoría, la mayoría se mantuvo leal al gobierno), que acudieron a sacar de allí a Correa, a solicitud presidencial.

A las 9:30 p.m. el presidente ecuatoriano sale del hospital policial de Quito, tras ser rescatado por las tropas militares que fueron en su ayuda.

A las 9:50 p.m., desde el palacio presidencial de Carondelet, Correa se dirige a la masa de seguidores que ocupa la plaza de la Independencia, frente al palacio del Ejecutivo, promete que no habrá perdón ni olvido por los acontecimientos acaecidos y declara que el día había sido uno “de los más tristes” de su vida.

A las 11:25 p.m. la Cruz Roja ecuatoriana informó que el operativo dejó dos policías muertos y 37 heridos.


INVENTAR UN COMPLOT

Ahora el ministro de Interior de Ecuador, Gustavo Jalkh, va a tener que inventarse y documentar el complot. En eso, claro, tendrán la ayuda de los fabuladores chavistas y castristas, que ya han comenzado a encontrar la mano invisible tras el infausto acontecimiento.

Ahora, los policías quiteños se van a enterar de que su rabia y su encono no eran tales, fue no más una simulación para encubrir un siniestro plan financiado “con sumas millonarias” según el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, por la CIA, las transnacionales, el Pato Donald, Blanca Nieves y los 7 enanitos y demás agentes del Pentágono, el Departamento de Estado, la Trilateral y otras instituciones de igual jaez, con Barack Obama disfrazado convenientemente de un siniestro Darth Vader, en esta versión tercermundista de “El imperio contraataca” parte 2.

Para empezar, están relacionando este motín policial con el golpe militar que depuso al presidente hondureño Manuel Zelaya el 29 de junio. Y ya se habla de una planificación de dos años, lo que significa que desde hace dos años se sabía que venía una ley que iba a irritar a los policías ecuatorianos, que Rafael Correa correría al Regimiento Quito a justificar las bondades de dicha ley, que se produciría un incidente confuso, se le lanzaría una bomba lacrimógena, el presidente se resguardaría en el hospital policial, los policías se congregarían en las puertas, él explicaría que “se sentía secuestrado” (no que lo estaba, sino que se sentía como si fuese así), y todo el sainete estaría montado, guión incluido.

¡Y hay gente que se cree ese bodrio de mal gusto! El canciller argentino Héctor Timerman fue capaz de hablar del “golpismo cívico-mediático-militar”, nueva modalidad con la que hace un indudable aporte a la cultura política latinoamericana (lo de mediático era para consumo interno, expresión de las tensiones entre la presidenta Cristina Kirchner y los medios de comunicación en Argentina, ¿entendés, che boludo?)

El “golpe”, según Timerman, fue planificado y azuzado por “sectores monopólicos y concentrados de la economía”, frase vaga si la hay. Sobre todo, irresponsable por falaz.

“Ecuador está siento atacado vilmente por empresas multinacionales que buscan sus recursos naturales”, denuncia Timerman. ¿Cuáles empresas en específico? Ahí no entra. Lanza un bulo, una frase cohete, una acusación sin referente específico. Seguro que esos rasos, sargentos y tenientes pobretones y desesperados que aireaban su impotencia eran ejecutivos de transnacionales. Me parece que ninguno en su vida había conocido ni tratado a uno de tales ejecutivos. Tremendo embaucador este Timerman. Y de esa clase de personajillos está poblada la burrocracia en nuestros infaustos países.

Y uno de los tres chiflados, el boliviano Evo Morales, (los otros dos son Correa y Ortega, el nica), entona la palinodia chavista y canta que lo ocurrido en Ecuador no era más que el resultado de “una conspiración capitalista que buscaba desestabilizar el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América)”, repitiendo las líneas previamente aprobadas por su mentor y patrocinador, el vapuleado émulo de Castro, Hugo Chávez. Así que los rasos y sargentos de la policía ecuatoriana lanzaban piedras y quemaban gomas para “desestabilizar el ALBA” ¿y lo sabrían aquellos?

El pintoresco Hugo Chávez, apuntó que “detrás de esos grupos (de policías ecuatorianos, A.J.) está el imperio, al igual que detrás de las fuerzas políticas de derecha del Ecuador”. O sea, la versión chavista del clásico film de George Lucas, Jr.

De hecho, un tal Walter Goobar llega a denunciar que la embajadora de los Estados Unidos, Heather Hodge, es una “veterana en desestabilizaciones”, que fue diplomática en Nicaragua tras la caída del sandinismo. Su artículo es un manual de técnicas de desinformación y manipulación mediática: se manejan declaraciones y se pone a “hablar” a anónimos informantes, recurriendo al recurso obsceno de citarlos como “un académico que ha asesorado” a la policía ecuatoriana. Todo un dechado dirigido a provocar una percepción guiada mediante frases extrapoladas, sugerir segundas intenciones, amplificar a seudodeclarantes innominados y otros recursos semejantes.


DESPACHANDO DESDE EL HOSPITAL

Es interesante que, mientras se encontraba en el hospital, y según él los miembros de la policía intentaban matarlo, lo cual era su Plan B, el presidente Correa daba declaraciones a la prensa vía la radio pública, que era retransmitida en cadena nacional desde la televisora estatal EcuadorTV.

Igualmente fue visitado por varios ministros, a los que recibió y luego pudieron marcharse sin dificultades mayores, estuvieron asambleístas de su movimiento Alianza País y contó con la asistencia de su secretaria privada de manera permanente. Además, en tres ocasiones se reunió con delegaciones de los policías que les pedían cambios en la ley.

Los médicos que le prestaron atención durante su tiempo en el hospital, los doctores Gilberto Calle y Fernando Vargas, del Hospital Policial de Quito, por su parte, desmintieron que el presidente Correa estuviese “secuestrado” en dicho hospital.

Declararon que luego de que le trataron por asfixia debido a los gases lacrimógenos, en dos ocasiones intentaron sacarle del hospital pero el presidente Correa se negó a irse. El mandatario se mantuvo todo el tiempo recibiendo a los colaboradores que querían visitarle y en contacto telefónico con el exterior, sin ningún guardián en la puerta ni nada que le impidiera marcharse del lugar.

El director del Hospital de la Policía, coronel César Carrión Moreno, declaró que “después que se atendió al presidente, le pedimos que evacuara lo más pronto posible. Advertimos que aquí no se podían lanzar gases, ni disparar, porque había 72 pacientes, entre los cuales había cuatro niños, pero eso no se cumplió”.

Cuando un grupo de pacientes se le acerca y le pide también que evacúe el hospital, Correa responde que sólo lo hará cuando llegaran los miembros del Grupo de Intervención y Rescate (GIR) y del Grupo de Operaciones Especiales (GOE). Necesita el show.

Correa, pese a todos esos testimonios, no tiene empacho en mentir: “En el hospital me dieron los primeros auxilios pero me dijeron que no iba a salir si no revocaba la ley”, lo que transforma en secuestradores al coronel Carrión y a los doctores Calle y Vargas.
Simultáneamente, a través de los medios de comunicación, dramatizaba la situación. Hay “policías que intentan introducirse en mi habitación por los techos, si algo me pasa abrazo infinito a la Patria y a mi familia. Siempre los amaré”, declama en una entrevista telefónica con Radio Pública, de Ecuador. “Me informan que hay gente bloqueando el acceso (al hospital, A.J.), lo que sería un intento de secuestro del Presidente, algo sumamente grave”, informa a los medios.

Desde el hospital, en donde voluntariamente se mantiene enclaustrado, agita el espantajo del golpe de Estado. Sus partidarios marchan hacia el hospital, a “liberarlo”, y los policías amotinados se enzarzan a pedradas y bombazos con los militantes de Alianza País, el partido de Correa. El caos es mayúsculo.

Chávez, Evo Morales, los Kirchner, Lula y otros aliados claman a los cuatro vientos solidaridad con la democracia ecuatoriana “amenazada por un golpe de Estado”. UNESUR, el ALBA, todos los medios controlados por el chavismo y el castrismo inundan con sus gritos de alerta. Correa, desde su tercer piso, da declaraciones, ensaya patéticos llamamientos, agita a todo el Ecuador y al mundo.

Durante el proceso, representantes de los amotinados y de la cúpula policial se reúnen con el presidente Correa en el tercer piso donde se encontraba con sus ministros y su escolta. En uno de esos encuentros, que dura dos horas, se llegan a acuerdos que el sargento Marco García comunica a sus compañeros, aunque no satisfacen a una parte de los mismos, que endurecen sus enfrentamientos con manifestantes de Alianza País.

El editor de informaciones del diario “El Comercio” de Quito, Rubén Darío Buitrón, señaló taxativamente que es desproporcionado decir que rasos, tenientes y sargentos de la policía, sin ningún otro apoyo, que se sienten enojados por la aprobación de la ley y protestan, están desarrollando un golpe de Estado.

Las fuerzas armadas ecuatorianas, a través del Jefe del Comando supremo, Ernesto González, aseguraron su subordinación a la autoridad del presidente Correa. “Estamos en un estado de derecho. Estamos subordinados a la máxima autoridad que el señor Presidente de la República”, hizo saber el máximo jerarca militar ecuatoriano.


LOS MUERTOS DE LA IRRESPONSABILIDAD PRESIDENCIAL

El propósito de Correa fue montar un show, no otro. Fue al Regimiento Quito No. 1 a provocar a los policías enardecidos.

Los policías de a pie, rasos, sargentos, tenientes… incurrieron en una acción indisciplinaria: abandonaron las calles, se concentraron en sus guarniciones, protestaron, quemaron gomas, vociferaron como universitarios, exigiendo la reposición de sus beneficios que sentían dañados.
¿Qué procedía? Dar un ultimátum a los policías insubordinados, apenas unos 800 de un total de 40,000, llamarlos a deponer la actitud, encargar a una comisión negociar y a las fuerzas armadas retomar los locales.

¿Qué hizo el presidente Correa? Apersonarse con su escolta militar y el ministro de Interior, Gustavo Jalkh, al Regimiento Quito No. 1 para él dialogar con los enardecidos gendarmes. Ocupar una habitación del tercer piso del Hospital Policial y estimular una batalla campal entre militantes de Alianza País y tropas insubordinadas de la policía ¿A tiros? No, a pedradas y bombazos lacrimógenos, para, a final del día, promover un “rescate” con la pérdida de vidas consiguiente.

¿Qué golpe de estado es este, sin tanques, sin soldados, a puras pedradas, bombas lacrimógenas y quema de neumáticos? Sin nadie al que se proclame presidente; sin partido que públicamente apoye la insubordinación y con los militares mansamente en apoyo del Ejecutivo.

Entre los muertos que la imprudencia presidencial arrojó están el soldado Edwin Panchi Ortiz, el miembro del Grupo de Intervención y Rescate (GIR), Froilán Jiménez, el policía Edwin Calderón y el estudiante universitario de Alianza País, Juan Pablo Bolaños.

El viernes se declaró que murieron 8 personas: dos policías y seis civiles, tres de ellos en Quito y el resto en el interior del país. Y 274 heridos.

“Muchas gracias a esos héroes que me acompañaron en la jornada”, expresó Correa, indicando que sus escoltas, ministros y asambleístas estaban “dispuestos a dar la vida” por él. Sobre todo, añadimos, cuando no hubo nunca ningún peligro o amenaza real, pese a los gestos de desbordado histrionismo del ejecutivo ecuatoriano.

También declaró que era un “derramamiento inútil de sangre”, lo cual era verdad. Sólo que ese derramamiento lo había provocado él para sus fines de protagonismo. “Todos los malos elementos que han hecho quedar al país como una República de opereta, que deshonraron el uniforme policial, tendrán la sanción correspondiente”, informó desde el Palacio de Gobierno a sus seguidores, ocultando su responsabilidad en el incidente.

Uno lee la prensa ecuatoriana y no aparecen los “instigadores” del golpe apresados, los sectores transnacionales y económicos, los infiltrados en la protesta policial, salvo tres coroneles policiales apresados y luego convenientemente enviados a sus hogares. El juez de garantías penales de Pichincha, Dr. Santiago Coba Rodríguez, dispuso la libertad de los coroneles policiales Manuel Rivadeneira, Edwin Marcelo Echeverría y Julio César Cueva, por no hallar los méritos suficientes para sindicarlos en el delito de tentativa de asesinato del presidente Rafael Correa, declarando simplemente una medida cautelar para ellos.

Ahora se anuncia un aumento general de salarios para policías y militares con efecto retroactivo a enero del 2010, según informan el ministro de Defensa, Javier Ponce, y el de Interior, Gustavo Jalkh. Igualmente, indicaron que las compensaciones económicas por condecoraciones y ascensos se mantendrán en su modalidad actual hasta diciembre próximo y, a partir del 2011, se buscará adecuarlas a las nuevas leyes.

El show termina con esos muertos sin dolientes, daños colaterales en el eufemismo cínico. Y con el apoyo el gorilismo real, el único que prevalece para vergüenza de todos en América Latina, la dictadura militar cubana, que disfrutó este embaucamiento como la que más. Y con Chávez que lo aprovechó para reclamar que se armara al lumpen venezolano agrupado en sus milicias.

De ahora en lo adelante, veremos a Correa echarle tierra a su deslucida actuación y, bajo el cuento de la búsqueda de la reconciliación nacional, ocultar su responsabilidad por el show montado y la sangre derramada.
 
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