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Publicado el: 16/09/2012
El correísmo lava más blanco
Rafael Correa puso las manos al fuego por su primo. El jueves, el coctel de respaldo al presidente del banco Central, Pedro Delgado, contó con la presencia de un medio millar de ministros y funcionarios.

Mientras el cóctel, lentamente, degeneraba en chupe, Pedro Delgado, abstemio y exultante centro de la fiesta, daba saltitos de un lado para otro en chulla pata. Todavía enyesado por culpa de su ineficacia taurina, buen rato anduvo sin muletas, acaso para retribuir abrazos. En el escenario, el trío Pambil desgranaba con lánguida nostalgia: "pero tú no olvidarás al infeliz que te adoró". Los que empezaron con vino, hace rato que se pasaron al whisky. Camareros con azafates plateados no paraban de distribuir sus exquisitas miniaturas: champiñones rellenos, trocitos de filet mignon del diámetro de una moneda, lomo a la menta en salsa de yogur, brochetas de camarones... Subía el volumen de las risas y las voces. Aquí y allá, pegajosos charcos se multiplicaban en el piso. Peligrosamente, el salón Pichincha del Hotel Quito empezaba a dar vueltas.

Horas antes todo estaba en su lugar: el piso limpio y quieto, el homenajeado al fondo de la sala, tendido en una silla, estirada la pierna enferma, y los concurrentes abriéndose paso hasta él, disciplinados y puntuales, para saludarlo con un apretón de manos y una reverencia, como a un obispo gotoso. Ministros (casi todos), asambleístas (pocos), burócratas de medio rango (multitudes), dirigentes campesinos (selectos) y Domingo Paredes, presidente del Consejo Nacional Electoral, estaban ahí para expresar su apoyo al presidente del Banco Central en este momento tan duro de su vida; para decirle que sí, que tiene derecho a comprar una casa de 380 mil dólares en Miami, que se la merece por ser un señor, un patriota, un hombre honesto.

Una pantalla gigante exhibía en bucle imágenes y documentos que pretendían resumir la vida y los logros del gran prohombre: sus fotos de familia, sus recuerdos de infancia, sus diplomas, sus credenciales laborales, los certificados de hasta el último de sus cursos y seminarios, decenas de papeles con logotipos diversos y encabezados por un "a quien corresponda", de esos que cualquier burócrata reúne por centenares a lo largo de su carrera... Ahí estaban todos, proyectados a gran velocidad, entre el recorte de alguna noticia publicada por El comercio bajo el título "No cabe negociar con los Isaías" y, símbolo del éxito y el ascenso social por excelencia, su visa de residente en Estados Unidos.

Tres micrófonos ya estaban instalados ante el podio de los oradores. Junto a ellos, el telepronter delataba la inminente presencia del jefe de Estado. Temprano y discreto, Fernando Cordero se escabullía como una exhalación entre la cada vez más compacta muchedumbre, se aproximaba a Pedro Delgado, lo saludaba sin mayor muestra de afecto y procuraba alejarse, eludiendo en el camino al presidente ejecutivo de Canal Uno, Marcel Rivas, que lo llamaba de "Presidente".

Los diálogos captados al acaso revelaban sin lugar a dudas la naturaleza burocrática de la concurrencia: "Tráele a la directora para llevarla allá atrás"; "Te presento a nuestra gerente de proyectos"; "Yo fui el único que sabía que él era el asesor jurídico"... Soledad Buendía, Ramiro González, Homero Arellano, José Serrano, Érika Silva, María Duarte, Verónica Sión, Germánico Maya se distribuían en corrillos. Chalecos del Consejo Nacional Electoral evolucionaban graciosamente entre todos ellos. Diego Guzmán, famoso por ser el único forajido antigutierrista que supo sacar provecho de esa condición y hoy es funcionario de gobierno, impartía recomendaciones a la gente de comunicación de la Presidencia: "hay que ser muy tinoso, hermano, muy tinoso".

Los compases iniciales de "Patria, tierra sagrada" corrigieron esa dispersión. Con las primeras notas, todos los rostros se volvieron, anhelantes, a la puerta de entrada. No faltó quien se pusiera de puntillas y Pedro Delgado, que había recibido desde su silla a todo el mundo, pidió las muletas y se puso de pie con dificultad. Una funcionaria de protocolo atravesó al salón abriendo una brecha entre la gente para que pudiera pasar Rafael Correa: "por favor, empújense un poquito". Los guardias de seguridad completaron la tarea con la violenta contundencia que les es propia. El recorrido del Presidente fue trabajoso y su abrazo con el homenajeado, su primo, efusivo. El acto podía comenzar.

Santiago Delgado, hermano menor, tomó primero la palabra. Con voz temblorosa leyó una carta tejida de guiños personales, historias familiares y líneas significativas: "habías nacido con muchas ganas de correr y de adaptarte"; "me enseñaste a contar el vuelto"; "fomentar los buenos amigos ha sido uno de los valores que en casa aprendimos". Y como el motivo de todo el homenaje era, en el fondo y entre otras cosas, la polvareda levantada por una casa de 380 mil dólares en Miami, se demoró Santiago en exponer la trayectoria inmobiliaria del hermano, desde el primer "pequeño apartamento" de la calle Mañosca hasta aquel otro, "sencillo", de Miami, anterior a la casa actual que "pudiste comprar finalmente" en 2011. "En Miami una casa de ese precio es común", retó a quien pensara lo contrario.

En la pantalla, una imagen del planeta visto desde la estratosfera con un punto didácticamente rotulado: Miami Beach. Zoom: precipitado descenso sobre la Florida. La cámara virtual atraviesa con velocidad las nubes y los espectadores son llevados, por la magia digital, en caída libre sobre la ciudad, el barrio, la calle, hasta aterrizar en el patio sin valla de la casa de 380 mil dólares que ya se exhibe sin pudor a la admiración de los presentes. Aplausos. Mensajes grabados de los hijos que la habitan, declaraciones de amor y reconocimiento: "siempre nos das todo lo que necesitamos aquí para vivir", incluyendo universidades y, claro, casa.

Hubo entrega de placa y pergamino a cargo de asociaciones campesinas afines al gobierno antes de que el propio Pedro Delgado hablara para agradecer el homenaje: "Sí, compré una casa a crédito". Ovación sonora.

Rafael Correa cerró la tanda de discursos. Se dirigió a su primo y lo llamó "gran compañero, patriota, hombre honesto". Estaba tranquilo cuando comenzó pero de sólo pensar en todo lo que la prensa ha dicho y escrito se fue indignando, se fue indignando, se fue indignando... Y estalló. "Sátrapas". "Corruptos". "Miserables". "Mañana han de ir a decir que los he insultado". Fue el momento climático de la noche e incluyó una amenaza de juicio contra El Comercio por asegurar que Delgado fue a Moscú para abrir dos cajas fuertes en un banco ruso: "han publicado una falsedad y tendrán que responder ante la justicia".

Todo lo desmintió Correa: que las cajas fuertes existieran; que su primo conociera al argentino Gastón Duzac, a quien Cofiec prestó 800 mil dólares por la cara; que Duzac viajara con él a Irán, como consta en los documentos que cita la prensa. Todo mentira.

Y como sólo el Presidente entiende las complejidades del mercado inmobiliario, aprovechó la oportunidad para explicarlas bien. Primero: una casa de 380 mil dólares en Miami, construida hace treinta años, equivale a una nuevecita de 150 mil en Ecuador. Segundo: si aun así la prensa se pregunta cómo puede comprar tal casa un funcionario con menos de 5.000 dólares de sueldo cuya esposa gana 1.200 como segunda secretaria del consulado en Miami, es porque los periodistas son lo suficientemente obtusos para no entender ciertas cosas. Por ejemplo, que el sueldo básico de Verónica Endara, esposa de Pedro Delgado, es en efecto de 1.200 dólares, pero a esa cantidad hay que añadir "compensación, subsidio familiar y sueldo adicional", con lo cual sus ingresos reales superan -dijo esto sin que se le arrugara el rostro- los 6.000 dólares.

Clarísimo. Si eso gana una segunda secretaria de consulado, no hizo falta que Correa sacara las cuentas de lo que recibe un presidente del directorio del Banco Central. ¿Por qué se habrán comprado una casa tan barata?

No se quedó el Presidente a la ronda de pasillos, boleros, valsesitos con que un grupo de amigos con voces de tarro, primero, y un trío de profesionales del canto, después, amenizaron la degustación de canapés regados por vino, ron y whisky. Con Correa, o tras él, se retiraron los ministros y funcionarios de alto rango. La salida del hotel Quito fue un alboroto de Ford Explorers, Grand Vitaras, Nissan Patrols, Kia Karens y cuanto todoterreno grandotote imaginar se pueda.

Adentro quedaron los burócratas y los amigos, entregados a la copa. Pasadas las diez y media de la noche, la administración de cocina cortó el suministro. Los músicos fueron sustituidos sin lástima por una grabadora. A las diez y cuarenta, los que quedaban, que aún se contaban por decenas, se lanzaban sedientos a los restos que los camareros recogían de los rincones.
 
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